“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

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Mundo Misionero Migrante

“El Derecho Internacional debe apuntar a la tutela de la unidad familiar

27 de enero de 2020

y combatir el fenómeno cada vez más difundido de las reuniones de facto”, destaca el Arzobispo Marchetto en su intervención sobre la familia migrante.

México, D.F.

“En el panorama actual de las migraciones internacionales, la familia debe afrontar nuevos desafíos y numerosos inconvenientes”, destacó el Secretario del Pontificio Consejo para la Pastoral para los Migrantes y los Itinerantes, el Arzobispo Agostino Marchetto, en su intervención el 15 de enero en el Congreso Teológico Pastoral de Ciudad de México con ocasión del VI Encuentro Mundial de las Familias.

Hablando sobre el tema “La familia migrante”, el Arzobispo retomó las ideas del Mensaje del Papa Benedicto XVI para la 93ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que justamente tuvo por tema la familia migrante, y recordó que “sobre todo en las sociedades donde la migración es relevante, el rol de la célula familiar cede el paso al individuo en su capacidad productiva o de éxito. También la lengua, que es vehículo de comunicación, se convierte en una barrera divisoria entre la primera y las sucesivas generaciones en el interior mismo de la familia. Se acentúa así el aislamiento de los componentes del núcleo familiar, que a veces desemboca en solitud y marginación … El aislamiento resulta más acentuado entre las mujeres que se encuentran solo entre las paredes domésticas, con pocas posibilidades de relaciones externas, en el caso en que no terminen siendo víctimas del tráfico de personas o de la prostitución”. Hablando de las “fronteras”, el Arzobispo destacó que “lamentablemente en un mundo que recibió con alegría la caída del muro de Berlín, se van erigiendo otros muros entre barrios, ciudades, naciones”.

El fenómeno migratorio comporta de por sí “una triste situación de marginación, que genera frustración e inseguridad y hace posible el conflicto entre el inmigrante, con su familia, y la sociedad en la que se encuentra viviendo”. La familia inmigrante, por su parte, tiende a poner en acto una serie de “mecanismos de defensa” para poder reequilibrar la propia existencia. “En particular, esta reduce las propias aspiraciones, tentando de realizar un ‘proyecto migratorio provisorio’ en el menor tiempo posible. De este modo, las ‘aspiraciones’ se limitan al campo económico. Pero con el pasar de los años la reunión familiar o el nacimiento de los hijos, con el perdurarse y prolongarse de la experiencia de migración, el ‘proyecto’ inicial sufre radicales transformaciones. En este proceso de estabilización se acentúa también la proyección de las aspiraciones de los padres sobre los hijos”.

Centrando la atención en los desafíos y perspectivas de la familia migrante, Mons. Marchetto evidenció que los migrantes, y en particular sus familias, forman parte de la vida cotidiana de los países que los acogen. Por lo tanto la sociedad civil y comunidades cristianas son interpeladas no solo “por complejos problemas y dificultades, sino también por valores y recursos de esta nueva realidad social”. Es necesario desarrollar relaciones que favorezcan la inserción en la sociedad y, por otro lado que sean “ocasiones de crecimiento personal, social y eclesial para los cristianos, basada en la observación de las leyes, el encuentro de culturas, de las religiones y del recíproco respeto de los valores con base en los derechos humanos”. Destacó también que “bajo este perfil, el Derecho internacional debe apuntar a tutelar la unidad familiar y combatir el fenómeno cada vez más difundido de las uniiones de hecho (reuniones de familias en la irregularidad), debidos sobre todo a las dificultades encontradas para alcanzar los requisitos para la reunificación legal y por el largo íter burocrático ligado a su concesión”.

Las familias de los refugiados constituyen una categoría particular de migrantes que deben encontrar calurosa acogida en los países que los reciben. “Sin embargo –es doloroso constatarlo- la comprensión y la simpatía por los refugiados disminuyen –afirmó Mons. Marchetto- y esto lo demuestra el hecho que se realizan acciones que hacen la vida más difícil para quien busca refugio. Muchas veces los refugiados son descritos negativamente y son vistos como una amenaza o una calamidad política, sin que vegan considerados sus valores y el potencial aporte que pueden dar al país que los recibe. La situación de las personas que han perdido la casa en el propio país es, por lo general, aún más difícil porque para estas aún no existe algún tipo de legislación internacional obligante”.

El Arzobispo recordó seguidamente que se va extendiendo el tráfico de seres humanos – otro drama en medio del drama – y que en los países considerados del Sur del mundo, hay seis millones de refugiados que viven en “campos” destinados a ellos desde hace más de cinco años, con poco respeto, muchas veces, de sus derechos. La gran parte de ellos, en tales condiciones, se reduce rápidamente a depender de las donaciones de alimentos, con frecuencia insuficientes. “Sostener a una familia en tales condiciones es difícil, evidentemente, con un grave impacto sobre sus componentes, e influencia negativa sobre sus relaciones internas. Las madres constatan que los hijos no las respetan más y no las escuchan. Los hijos actúan de manera independiente, dado que los padres no están en la capacidad de proveer a sus necesidades, y por lo tanto no aceptan su autoridad. Además –lo que es aún más grave– el envolvimiento de los hijos y de las mujeres en la explotación sexual parece convertirse en un mecanismo de supervivencia”.

Fuente/Autor: Agencia Fides

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