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¿Te casas conmigo?

Imagen JSF
Al escuchar esta frase, se puede pensar en algo extraordinario, en un impulso que lleva al hombre a mejorar su vida, a dejar de ser uno sólo para convertirse en la mitad de una pareja. A fundir todo lo que se es para esculpir una nueva criatura que complemente lo que le falta al sexo opuesto, a esa persona en particular con la que se va a compartir la vida y con quien se luchará para superar todas las dificultades que se presenten. O por el contrario, puede ser para algunos una tragedia, error o algo que no estaba programado para suceder en esa forma, ni en este tiempo.

Papás, me voy a casar.

Cuando un hijo decide casarse, aparecen sentimientos contradictorios en los padres. Por un lado, se presenta la alegría porque el joven ya es capaz de formar una familia propia, se siente que ya se cumplió con su educación. Por otra parte, surgen la tristeza y la compasión, pues él abandona la casa paterna y no se puede prever qué contratiempos encontrará en su nueva vida.

Entregar a un hijo en matrimonio es dejarlo volar, es cumplir con un destino que se repite en la historia. Es respetar su voluntad y desearle lo mejor como lo hicieron los propios padres años atrás. En los casos en que los padres no aprueban la elección, hay que valorar si es solamente por motivos personales, como falta de simpatía hacia la persona escogida, o si de verdad existen razones válidas para no estar de acuerdo con ese matrimonio.

Es importante ser muy cuidadoso con las primeras expresiones que se emitan sobre la pareja que trae el hijo a presentar como posible prospecto, ya que de eso dependerá la futura relación con ellos. Si el hijo o hija siente rechazo por parte de los padres a esa persona que ama, puede alejarse, cerrándose a escuchar razones, aún cuando puedan ser válidas. Es mejor dejarlo siempre en libertad de escoger, sin negarse a proporcionarle ayuda.

La preparación de un hijo para el matrimonio y para manejar su propia vida, depende mucho del ejemplo que haya vivido en su casa. Si los padres actúan de una forma inteligente y lo dejan tomar sus propias decisiones en cosas no importantes, sabiendo que si se equivoca tendrá que sufrir como toda la gente las consecuencias de sus propios errores, más adelante será capaz de tomar decisiones sin ninguna dificultad.

Después de la boda.

Los cambios traen la necesidad de adaptarse a nuevas situaciones, y es comprensible sentirse tristes después de la boda, pues cualquier separación duele. Además, el lugar que físicamente ocupa el hijo ha quedado vacío.

Las horas de convivencia disminuirán, pues tendrá otras cosas de que ocuparse. Pero esto no quiere decir que los hijos hayan dejado de querer a sus padres, por el contrario, el amor de esposos, bien entendido, mejora la capacidad de amar de una persona, su corazón se ensancha, para dejar cabida a muchos amores legítimos, como son los padres o en el futuro próximo los propios hijos.

Es importante respetar la intimidad de la nueva familia, y cuando no quiera platicar sobre algún asunto, hay que entenderlo y no insistir. Como padres hay que procurar no causar problemas a los hijos recién casados. No agobiarlos con penas ajenas, cuando ellos no pueden solucionar situaciones que existen en la familia, como enfermedades o desavenencias entre parientes.

Aligerar su caminar, con la ayuda que se les pueda dar, ya sea económica o espiritual, dedicándoles un poco de tiempo, ahorrándoles una vuelta, o cuidando a los nietos de vez en cuando.

Ayudar a la nueva pareja se convertirá en motivo de satisfacción personal, y ayudará a tener una convivencia tranquila. Manejar el matrimonio de un hijo de una forma razonada, más que sentimental, es una forma de trascender, de hacer que los hijos recuerden a sus padres con cariño, y que acudan a ellos en cualquier apuro.

Cuántas dificultades se ahorrarían si el amor a los hijos fuera verdaderamente eso, y no amor a uno mismo; respetar como ellos son y no esperar que sean como uno imaginó que fueran.

Por  Susana Bichara de Iza

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